La Iglesia Católica ha sido siempre en Venezuela un poder fáctico (o de hecho) determinante, tanto por un factor cuantitativo (los venezolanos somos católicos en mayoría abrumadora) como por un factor cualitativo (constituye el verdadero Poder Moral, estructurado como ejército de la fe con disciplina vertical, que cuenta además con fuerza social indudable). Como poder fáctico la Iglesia tiene, desde que se hizo religión del Imperio Romano, una vocación política, que a partir de fines del siglo XIX fue dotando de ideología actualizada, llamada Doctrina Social, la cual después de la Segunda Guerra Mundial se convirtió en la tesis política de los partidos demócratas cristianos que fueron fundándose en Europa y simultáneamente en América. Aquí en Venezuela comenzó con la constitución de la UNE (Unión Nacional de Estudiantes) en 1936 como rival de la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV), dirigida por jóvenes de ideología socialista y comunista. Luego los uneístas fundaron un partido político, el PAN (Partido de Acción Nacional), hasta que decidieron constituir el Partido Socialcristiano COPEI en 1946.

Como verdadero Poder Moral, con vocación política, la Iglesia ha sido la única que ha hecho el diagnóstico correcto de la situación de Venezuela que se resume en estas dos frases: 1) “En la historia del país ningún gobierno ha hecho sufrir tanto al pueblo como el actual”; y, 2) “la causa fundamental es el empeño del Gobierno de imponer el sistema totalitario recogido en el Plan de la Patria (llamado Socialismo del Siglo XXI), a pesar de que el sistema socialista marxista ha fracasado en todos los países en que se ha instaurado, dejando una estela de dolor y pobreza.”

A esta declaración la precedieron los pronunciamientos categóricos del Cardenal Velasco, fallecido Arzobispo de Caracas, y el Cardenal Castillo Lara, quien ya retirado de las más elevadas funciones que un venezolano haya tenido en el Vaticano regresó a su patria para librar la lucha postrera de su vida. Pero ocurre que en este momento, como lo dije antes: “la Iglesia Católica Venezolana está sola en su digna y valiente posición, porque no hay demócratas-cristianos en la MUD. Todos son marxistas o socialdemócratas.” Y, por consiguiente: “Suplir esta deficiencia, como alternativa, es fundamental para que la Doctrina Social de la Iglesia sea la guía para la acción y para organizar el sistema político-económico que sustituya al comunista actual”.

Consciente de esta falla, por la cual su mensaje no ha tenido las consecuencias políticas que ha debido tener, la Iglesia se ha dirigido a los laicos católicos, que somos los fieles, recordándonos nuestra misión indicada en los Evangelios: “el verdadero cristiano es sal de la tierra y luz del mundo. No esconde su luz, sino que la hace brillar delante de los hombres para que sus buenas obras iluminen a la sociedad..Busca el bien común guiado por una conciencia recta. ¿Cómo ser portadores de luz y esperanza en un panorama de oscuridad y muerte? Este es el desafío que nos interpela más profundamente como ciudadanos y como creyentes…Es necesario generar gestos valientes e iniciativas innovadoras..El llamado es a ser protagonistas del presente y del futuro de nuestro querido país..Es una responsabilidad ineludible porque frente al mal nadie puede permanecer como simple espectador.”

Pero sucede, como los Obispos reconocen, que el movimiento de laicos “busca refugio en los aleros de los templos” porque su actitud siempre ha sido “más de devoción piadosa que de salida, riesgo y compromiso”. Entonces no cabe esperar que sean los laicos como tales los que asuman la misión fundamentalmente política de esta hora. Solamente los laicos políticos o que se hagan políticos serán los que harán esta tarea, si emergen como los nuevos líderes demócratas cristianos, en perfecta interacción con los Obispos para contar con la fuerza social de la Iglesia que emana de ser el verdadero Poder Moral.

@petitdacosta

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