Todo induce a pensar que en Venezuela estamos próximos al desenlace, que las fuerzas contrarias están enfrentadas cara a cara, sin espacios intermedios, que de un lado se encuentra un pueblo alzado y en rebeldía, dispuesto a todo, que integra a la casi unánime totalidad de la Nación, aunque desarmado, mientras del otro se halla un régimen exangüe, moribundo, prácticamente sin fuerzas sociales de apoyo, adherido como un apéndice a la tiranía cubana, que lo parasita y controla, a la cabeza de cuyos despojos se encuentra un gobierno sin otro respaldo que el de las armas. Maduro está sentado sobre las bayonetas y sin otra protección que sus bombas lacrimógenas, sus balas, sus tanquetas lanza aguas, su perdigonazos, sus metralletas y pistolas. Por ahora limitadas a un solo componente de las fuerzas armadas, la Guardia Nacional, encargada por el ministro de defensa e indudable máximo jerarca de la dictadura, general Vladimir Padrino López. Si aceptamos que la soberanía de una nación se encuentra en el pueblo, único factor legítimamente autorizado a delegar la dirección de los asuntos públicos, el gobierno carece de toda legitimidad y el poder que ejerce se ha reducido a su capacidad de reprimir, perseguir, encarcelar, hambrear y asesinar. Una situación insostenible que no puede prolongarse en el tiempo. Y cuyo desenlace no puede ser otro que la victoria del pueblo en rebeldía, el desalojo del usurpador y el inicio de un proceso de transición de regreso a la normalidad democrática.

Por cualquiera de las vías que lo hagan posible. Lo piden a gritos los venezolanos, incuso a riesgo de sus vidas. Tertium non datur: no existe otra alternativa. La renuncia de Nicolás Maduro se ha convertido en la salida más honrosa, pacífica e inmediata. ¿Podrá hacerlo o los compromisos de quienes se saben a las puertas del patíbulo por los crímenes cometidos y la tiranía cubana cuya sobrevivencia depende de la dictadura seguirán empujándolo hacia el abismo? ¿Diálogo en estas condiciones extremas? La retirada: no queda otra salida. Esa ha de ser la base de cualquier negociación.

​Mientras el enfrentamiento continúa, la indignación y la ira del pueblo en rebeldía se acrecienta y el régimen se aproxima al colapso terminal, la comunidad internacional asiste al horror como paralizada por una absurda catalepsia. Todas las naciones del hemisferio, las verdaderamente importantes, sin las cuales no existe la región, con vida propia y tradiciones republicanas – Canadá, los Estados Unidos, México, Brasil, Argentina, Chile, Perú, Uruguay y Colombia, entre ellas – apuestan por una salida negociada, política, pacífica y electoral, que evite la agudización de las contradicciones e impida la deriva hacia un trágico y sangriento desenlace; un grupo de republiquetas nominales con suficiente poder de chantaje paraliza una de las salidas posibles: la intervención de la OEA. Son dos factores de criminal incidencia: el supuesto no injerencismo en los asuntos internos de un país que se desangra, convertido en bandera de lucha de los países aliados de la dictadura, y la perversa capacidad obstaculizadora de repúblicas de fantasía, mendicantes, prostituidas por el poder del petróleo, sin la más mínima importancia real, pero dotadas de votos de igual valía que los de países que constituyen y conforman la identidad regional. Dos temas que deberán ser enfrentados con lucidez y coraje, resueltos definitivamente cuando la Venezuela democrática vuelva a tallar en el concierto regional. Exactamente como lo hiciera en circunstancias semejantes cuando Rómulo Betancourt impusiera en la región la doctrina que llevó su nombre: cortar todo tipo de relación con gobiernos y regímenes dictatoriales, de la ideología y tendencias que fueren. ¿O permitiremos que islotes insignificantes, menos trascendentes que algunas pequeñas alcaldías caraqueñas posean el mismo poder de decisión que la primera potencia del mundo y los más importantes países de la región?

​Tanto o más vinculado con la doctrina Betancourt está el tema de Cuba, una tiranía que se ha esclerotizado y convertido en un animal prehistórico, principal responsable de la tragedia venezolana. Y cuya injerencia trasciende cualquier influencia de las que causan escándalo en sus aliados y dependencias: ¿qué sucedería en la región si a la misma cantidad de agentes, tropas y oficiales cubanos que mandan y deciden en Venezuela respondieran los Estados Unidos con idéntica cantidad en personal y en armas presentes en nuestro territorio? ¿Qué sucedería si un gobierno democrático venezolano se sometiera al pago en tributos a los Estados Unidos, sin una sola contraprestación? ¿Por qué Cuba puede hacer y deshacer en Venezuela, ante la pasiva aquiescencia de todos los gobiernos del mundo, los mismos que alzarían la voz y provocarían conmociones telúricas si la quinta flota se apostara frente a nuestras costas? Pues la situación que vive Venezuela y nos tiene al borde de una guerra civil es la humillante entrega de nuestra soberanía por parte de Hugo Chávez a Fidel Castro, consolidada tras su muerte por el nombramiento de uno de sus agentes al frente de nuestro gobierno, y la persistente injerencia, intromisión y asalto del régimen cubano en los asuntos internos de Venezuela. Acompañada de la escandalosa exacción de nuestras riquezas para mantenerlo con vida. Que yendo mucho más allá de influir sobre el curso asumido por el gobierno dictatorial que nos oprime, se ha convertido en el factor real que ejerce el Poder en Venezuela. Al extremo de que el gobierno títere de Nicolás Maduro no hace más que obedecer y seguir las instrucciones dictadas desde La Habana.

Venezuela ha descendido al nivel de satélite dictatorial de la tiranía castrista. Una parodia de la dependencia colonial sufrida por los satélites de la Unión Soviética en tiempos de la guerra fría y las republiquetasafricanas y latinoamericanas del Caribe ante los Estados Unidos durante los dos siglos precedentes. ¿No es un tema de primera magnitud que debiera ser discutido y resuelto a los más altos niveles diplomáticos de la región? ¿Por qué se permite el secuestro criminal de Venezuela por una tiranía sin más poder que su determinación y sus ejércitos, los más numerosos de toda la región?

​Tampoco es un tema, estemos claros, que constituya una gran preocupación en las filas opositoras. Y es natural. ¿No fue hace nada, y en los prolegómenos determinantes de nuestra tragedia, que más de ochocientos ilustres académicos y artistas venezolanos se postraran ante Fidel Castro – un tirano que llevaba ya más de treinta años tiranizando a su isla – y lo elevaran a las máximas alturas de la dignidad latinoamericana? Es la perversa y omnipresente influencia ideológica de las izquierdas en las filas democráticas. Que influye incluso en las tendencias socialistas o socializantes de que hacen gala incluso nuestros más destacados combatientes por la libertad. Manteniendo vivo un cordón umbilical con la ideología causante de esta espantosa crisis humanitaria, que antes que servirnos de aliciente se constituye en la rémora que paraliza nuestras acciones. Una esquizofrenia en el seno de nuestra identidad democrática que paraliza nuestras acciones e impide una radical toma de conciencia respecto de nuestros verdaderos males.

​Venezuela y América Latina no se habrán liberado del influjo gangrenoso de las tiranías mientras no se comprenda la nefasta identidad que une indisolublemente a las izquierdas marxistas, al populismo y al estatismo que le son consustanciales, con los afanes dictatoriales del socialismo castrista. El resto es silencio.
@sangarccs

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