Gil Parrondo obliga al que tiene delante a llamarle “decorador”. Le molesta, por pomposo quizá, el traje de “director de arte”. “Yo no dirijo nada”, dice tajante con una sonrisa entre la modestia y el orgullo. No queda claro en qué orden. Cuando se le preguntaba cuál es el criterio para elegir sus trabajos, él contesta que la fecha. “Mi única regla para aceptar un encargo es que pueda hacerlo”, sigue consciente y feliz de la impresión que sus palabras causan en un entrevistador demasiado deslumbrado; demasiado pequeño sin duda ante el enorme tamaño de un gigante; un titán que juega a ponerse a la altura de los demás.

-¿Defínase usted mismo entonces?
-Eso es fácil. Me conformo con que digan de mí que soy un amante del cine.

Este sábado, el día justo antes de Navidad, esa jornada que todo el mundo dedica al exceso, al cariño desmedido, a la comida sin sentido, a la efusividad sin orden, él prefirió irse. En silencio. Rodeado de los suyos y con sus recuerdos de cine. Y de repente, todos los verbos del párrafo de arriba adquirieron el polvo del pasado. Gil Parrondo, a los 95 años, ya ‘era’ “decorador”. Eso o, diga lo que diga él mismo, el más grande de los directores de arte que ha tenido no sólo el cine español sino más allá, mucho más allá. “A él le gustaría”, comentaba su hija mayor al teléfono, “que se le recordara como un amante del cine. Simplemente. Porque antes que nada, él disfrutó y aprendió su oficio desde niño, cuando coleccionaba recortes de prensa de las estrellas, del cine… Me pidió incluso que continuara su colección y que yo mismo recogiera todos los recortes de lo que se dijera de él”. La casualidad o la modestia (sin que vuelva a quedar claro el orden) ha vuelto a conjurarse para su muerte coincida con un día sin periódicos de papel, de ésos que tanto tiempo le robaron tijera en mano. Lástima.

Su biografía dice que él es único español (junto con Almodóvar) con dos Oscar de la Academia. Los recibió de forma consecutiva en 1970 y 1971 por sendos trabajos para el mismo director: Franklin J. Schaffner. ‘Patton’ y ‘Nicolás y Alejandra’. Contaba, cuando indefectiblemente la entrevista caía en ese terreno, que el que más ilusión le hizo, lógicamente, fue el primero de ellos. Fue especial hasta en la forma de recibirlo. “Estaba en la Costa Brava rodando una película, y me llamó mi mujer a las cuatro de la mañana para decirme que le había llamado una amiga de Nueva York, que acababan de darme el Oscar. Me parecía imposible. Me fui paseando hasta la play. Estuve allí solo, al amanecer, llorando de emoción”, recordaba en cuanto podía.

Hace poco, el documental ‘Bienvenido Mr. Heston’, de Pedro estepa y Elena Ferrándiz, se presentaba en Valladolid con él, el director de arte o decorador de ‘El Cid’ como testigo. Ahí rememoraba lo que él y muchos otros consideran una edad de oro del cine en general y de sus vidas muy en particular. A Gil Parrondo le entusiasmaba rememorar con un brío muy lejos de la simple nostalgia aquel tiempo en que todo lo que se pensaba se hacía. ‘La caída del imperio romano’ se rodó sin miniaturas, todo lo que se ve se construyó. “No valía eso de: ‘Esto no se hace porque no hay dinero'”, decía.

Y en efecto, aquel ayudante de dirección que dio sus primeros pasos de la mano de Florián Rey para posteriormente convertirse en la mano derecha de Sigfrido Bürmann (“Mi maestro”, como decía), pronto acabó por convertirse en la referencia y la cara de España entera para todas aquellas producciones que llegaron a la península con o sin Samuel Bronston. “Fue un sueño hecho realidad”, decía. “Recuerdo que en mi primera película aparecía Joan Fontaine. ¡La misma actriz de ‘Rebecca’! No me lo podía creer. Era como flotar”. Luego llegó todo lo demás. Y en efecto por su mirada y su gesto de cónsul romano ha pasado la historia más brillante del cine aquél rodado con los colores en llamas. ‘Alejandro Magno’, de Robert Rossen; ‘Orgullo y pasión’, de Stanley Kramer; ’55 días en Pekín’ y ‘Rey de reyes’, de Nicholas Ray; las citadas ‘El Cid’ y ‘La caída del imperio romano’, la dos de Anthony Mann… Y ‘Lawrence de Arabia’ y ‘Doctor Zhivago’, de David Lean… Y ‘El viento y el León’, de John Milius… Y ‘Robin y Marian’, de Richard Lester. “Siempre guardaré un cariño especial a Schaffner y no sólo por los Oscar… Eso sí, hay dos con los que jamás volvería a trabajar”, confesaba, sonreía y ahí lo dejaba.

Por supuesto el recorrido no sería justo, ni cabal, sin citar su inagotable trabajo posteriormente al lado de José Luis Garci con el que consiguió hasta cuatro Premios Goya (‘Canción de cuna’, ‘You’re the one’, ‘Tiovivo c. 1950’ y ‘Ninnette’). Con él y con Jaime Chávarri, Mario Camus, Pilar Miró o Carlos Saura. Pero con todo, él siempre rescató su amor al cine como la clave de bóveda que soportaba todo. Cada vez que el periodista inquieto, o simplemente estúpido, le preguntaba por su mejor momento, su recuerdo inolvidable, su anécdota sagrada… él se sacudía la prisa ajena con una sonrisa y con una mirada entre la ternura y la piedad. “Se lo debo todo al niño que se entretenía soñando con el cine”, decía. Y como prueba presentaba sus libros de recortes. Allí, con cuidado y mimo, descansaban tardes, quizá siglos, de sueños infantiles. Entre Fred Astaire y Ginger Rogers, el niño Gil Parrondo se mantenía ajeno a un Madrid de polvo y bombas, de miseria y blanco y negro. Quién sabe si la vida no es más que un decorado; un decorado al que cambiar con cuidado las piezas tal y como hizo toda la vida él, el señor decorador.

EL MUNDO

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