Señor Nazoa:

Soy una almeja macho. Estoy fastidiado, al igual que mis hermanos chipichipis, ostras, guacucos, guaruras y vieiras. Pasamos la vida en conchas pegadas a un madero, a un coral o sobre la arena en el fondo del mar.

No soy presumido, pero estoy convencido de que las almejas, gracias al yodo, somos brillantes, de buena memoria, sabrosas, inteligentes e, incluso, algunos hasta escribimos. Guarde eso como un secreto, ya que no quiero terminar en un circo donde una extraña especie marina, a través de branquias, me anuncie como a una rara atracción.

—¡Pase! ¡Pase adelante! ¡Vea a la extraordinaria almeja que escribe! ¡Vea al Rómulo Gallegos del mar, al García Márquez de las olas, al Mario Vargas Llosa de las almejas!

Y usted se preguntará: ¿Por qué me escribe esta almeja? Lo hago para explicarle cómo nos diferenciamos.

Las almejas somos largas, con concha de color negro aplomado. Nos usan para preparar arroz y decorar paellas.

Las ostras se sirven generalmente crudas y frescas, nadando en jugo de limón y acompañadas de jerez seco.

Los chipichipis son conchas chiquiticas. Se consiguen en muchas playas y dan un caldo delicioso. No se horrorice, pero la gente de la costa los usan como afrodisíacos, una especie de Viagra criollo. Y, hablando de eso, nunca he entendido a los humanos machos, en cuanto ven a una mujer en hilo dental se vuelven como locos. A mí, eso no me excita. Esos mujerones ni me van ni me vienen pero unas almejas desnuditas, sin concha y atravesadas por un palito, ¡hmmmm….! ¡Eso sí que me vuelve loco!

Mi primo guacuco es una conchita que parece un abanico. Se usa en arroces y caldos. La guarura es el Arnold Schwarzenegger de la familia y se le consigue tirando físico en las islitas del Caribe. De las vieiras no me gusta hablar. Se las dan de afrancesadas por culpa de los chef que casi siempre las preparan a la crema y las acompañan con champaña, por eso, lamentablemente, se les ha subido la concha a la cabeza.

Por cierto, me gustó su libro Humor y amor y siempre leo El Universal donde usted es articulista y dibuja esos zapatazos tan valientes. ¡Ahhh…!, y no se preocupe. No revelaré su secreto. Nadie sabrá que usted en realidad es Rodolfo Izaguirre, hermano del profesor Jon Aizpúrua y padre de Carlos Baute, el que escribió en el sur Un jardín al norte.

Ojalá nos veamos pronto señor Laureano Mar y de mi parte, salude a su tío Alberto Soria.

Suyo:

Venerupis decussata.

EL NACIONAL

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